«LA PATAGONIA REBELDE, De visión obligatoria». Por Marcelo Islas

LA PATAGONIA REBELDE

FICHA TÉCNICA

Título: La Patagonia rebelde. Año: 1974. Duración original: 110’ – Color. Género: Drama testimonial. Producción: Aries Cinematográfica Argentina. Fecha de Estreno: 13 de junio de 1974 en el cine Broadway de Buenos Aires. Productor: Fernando Ayala y Héctor Olivera. Dirección: Héctor Olivera. Guión: Osvaldo Bayer, Fernando Ayala y Héctor Olivera, basado en “Los vengadores de la Patagonia trágica”, de Osvaldo Bayer. Intérpretes: Héctor Alterio (Teniente Coronel Zavala), Luis Brandoni, Federico Luppi, Pepe Soriano, Pedro Aleandro, Jorge Rivera López, Osvaldo Terranova, Héctor Pellegrini, Maurice Jouvet, Alfredo Iglesias, José María Gutiérrez, Carlos Muñoz, Eduardo Muñoz, Jorge Villalba, Walter Santa Ana, Walter Soubrié, Fernando Iglesias, Claudio Lucero, Franklin Caicedo, Juan Pablo Bayadjian, Carlos Lasarte, Max Berliner, Mario Luciani, Antonio Mónaco, Luis Orbegoso, Emilio Vidal, Marzenka Nowak, Néstor Kirchner y Omar Fanucci.

Equipo Técnico: Fotografía: Víctor Hugo Caula. Música: Oscar Cardozo Ocampo. Escenografía: Oscar Piruzanto y María Julia Bertotto. Vestuario: María Julia Bertotto. Montaje: Oscar Montauti. Asistencia de Dirección: Horacio Guisado. Cámara: Marcelo Pais. Sonido: Norberto Castronuovo. Distribuidora: Aries Cinematográfica Argentina.

Sinopsis Argumental

En 1921, obreros del sur argentino agrupados en sociedades anarquistas y socialistas resuelven hacer una huelga exigiendo mejoras laborales. El coronel al mando de las tropas enviadas por el Gobierno central se inclina por los obreros y consigue firmar un convenio entre sindicatos y estancieros. Estos no cumplen con lo firmado y estalla una nueva huelga, seguida por una brutal represión.

Premios

Festival Internacional de Cine de Berlín (Alemania Federal / 1974): Premio Oso de Plata.

 

De visión obligatoria.

En la cultura argentina hay muchos ejemplos de coherencia y lucha. Uno de ellos, es el que transmitieron Osvaldo Bayer, Héctor Olivera y Fernando Ayala con “La Patagonia rebelde”, la crónica de aquella épica huelga de los obreros rurales que terminó con el fusilamiento de más de mil hombres. Ese trabajo, quizás el más significativo de toda su vida, le provocó a Bayer la persecución y el exilio, pero también le permitió ganarse un lugar en el imaginario de la gente como una voz contra la injusticia. Paradójicamente, la misma injusticia vigente en estos días.

Por Marcelo Islas

 

El calendario marcó 44 años. El 13 de junio de 1974 se estrenaba en nuestro país La Patagonia Rebelde, un film que –gracias a su rodaje y accidentado lanzamiento– devino en uno de los casos más patentes del cine argentino que buscó funcionar dentro de los típicos lineamientos de la difusión comercial aunque su contenido y su significación lo tornaban posible presa de trabas y vetos desde ciertas estructuras de poder.

En 1973, Héctor Olivera y Fernando Ayala habían co-escrito un guión sobre ‘Los vengadores de la Patagonia trágica’, libro de Osvaldo Bayer que echaba luz sobre un hecho casi olvidado: la sangrienta represión por parte del Ejército, en 1921, de los huelguistas de estancias patagónicas, conducidos por militantes anarquistas. Olivera imaginaba que a algunas mentes les caería “incómoda” la exhumación de una acción militar no precisamente honrosa, pero avanzó con el rodaje, que se consumó en locaciones santacruceñas en el verano de 1974, con Luis Brandoni, Federico Luppi, Héctor Alterio, Pepe Soriano y Osvaldo Terranova en los roles estelares. “Se hablaba de cosas que tuvieron vigencia luego de estrenado -comentó Olivera-: amenaza de conflictos limítrofes con Chile, barcos de guerra ingleses en Malvinas, radicalismo en el gobierno. Y lo más importante: el militar actuado por Alterio que decía ‘podré ser un oficial sanguinario pero no desobediente’. El film instalaba, dos años antes del golpe de Videla, el concepto de ‘obediencia debida’ que aún hoy está en el candelero”.

La película cuenta la historia de los huelguistas patagónicos que fueron masacrados por el Ejército. En el año 1921, en la Patagonia, los trabajadores eran explotados y obligados a trabajar en condiciones denigrantes. Es así que, organizados en un movimiento anarco-sindicalista, la F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina), los trabajadores, entre los que se encontraban ‘Facón Grande’ (Federico Luppi), el “gallego” Antonio Soto (Luis Brandoni) y “el alemán” Schultz (Pepe Soriano), comienzan a movilizarse y a reclamar por sus derechos. Consiguen imprimir volantes llamando a una huelga general. La noticia llega a Buenos Aires y es entonces que se nombra al coronel Varela (Zabala en el film, protagonizado por Héctor Alterio) para que se encargue de la situación.

El militar se traslada a la Patagonia, y trata de convencer a los huelguistas de que desistan de su actitud. Al ver que estos no están dispuestos a ceder, sin conseguir a cambio condiciones de trabajo mínimamente dignas, desata una cruel represión que termina en el fusilamiento de los trabajadores, a quienes se obliga a cavar su propia tumba antes de ser fusilados.

Osvaldo Bayer sostuvo que aceptó hacer la película por dos motivos: primero, quería que se establecieran los hechos y segundo, para que sirviera de material de debate. “Los militares fueron culpables de todos esos fusilamientos de inocentes. Porque hacer una huelga no es para condenar a muerte a la gente –sostiene el escritor–. Y es mentira eso que se decía que se robaba y se incendiaban estancias. Yo compruebo que la única estancia que se quemó fue la de los Patersson, en las cercanías de San Julián, y que no hubo ningún estanciero asesinado o muerto. El único caso en mi polémica con Anaya, es el estanciero Fleker, donde yo compruebo que no fue asesinado por los obreros, de acuerdo a los documentos judiciales de la época…”

 

¿Con vocación democrática?

La filmación de La Patagonia Rebelde era una experiencia que iba a cambiar el destino de algunos protagonistas y que iba a dejar al desnudo la poca vocación democrática de gobernantes y opositores. En realidad, la historia del rodaje permitiría concretar una segunda película. Lo que tanto temían quienes estaban al frente del proyecto ocurrió, ya que recibieron todas las zancadillas posibles para que levantaran la bandera de rendición. La primera sospecha que tuvieron Olivera y Bayer sobre lo difícil que se les haría estrenar la película llegó en forma de “trascendido”: el general Leandro Anaya, comandante en Jefe del Ejército, presionaba por un veto del gobierno porque su tío –aún vivo por entonces y represor en la Patagonia durante la huelga– afirmaba que la realización deformaba la verdad de los sucesos históricos. “El film fue ninguneado no por la dictadura sino por la democracia. La democracia de Juan Domingo Perón –afirmó Bayer–. Primero dijo no porque el presidente no quería problemas con los militares. Después sí, la permitió para demostrarle a su comandante en jefe, el general Amaya, quién tenía la sartén por el mango”.

Por otro lado, los alcahuetes de turno comenzaron a lanzar chillidos y, como no podía ser de otra manera, fue La Nueva Provincia, periódico de Bahía Blanca, el mejor alumno en ese oficio. En un artículo firmado por “un vecino”, el diario portavoz de la marina señalaba que “no se puede seguir especulando con estos espectáculos o promocionando todo lo más ruin de nuestra Argentina: que si bien eso puede atraer a cierto público o despenar el interés de los sin patria, magro favor nos está haciendo justamente ahora en que todos estamos empeñados en evitar esta lucha entre hermanos”. Inmediatamente, El Caudillo, el órgano de “los muchachos” de López Rega, inventó todo un plan de la izquierda para apoderarse de la Patagonia y aseguró que, precisamente, la punta de lanza era la filmación de La Patagonia rebelde. Según El Caudillo, la filmación era el primer paso del ‘Plan Sombra’ y advertía que “Todo estaría dispuesto. Hasta la recopilación de los últimos datos, a cargo de algunos activistas que participarían en el equipo de filmación de La Patagonia rebelde, rodada en ese medio y encuadrada en la creación del ‘clima revolucionario’ propicio para las acciones posteriores”.

Olivera sabía que todo era una carrera contra reloj y que con cada día que pasaba la situación política se iba enrareciendo cada vez más y ganaban terreno el peronismo ultraderechista y los militares. El rodaje concluyó en diez semanas y el film entró en laboratorio. Se fijó el estreno para el 2 de abril. Pero al mandar la copia al Ente de Calificación Cinematográfica, éste recurrió a una treta: no la calificó. Y sin calificación no había exhibición. Pero la cosa no era tan fácil. Olivera y Ayala –que oficiaban de productores– habían cumplido con todas las exigencias legales. Antes de la filmación habían presentado el guión ante el Ente, y éste -en la figura del interventor Octavio Gettino- lo había aprobado de inmediato. Ese guión había pasado luego al Instituto Nacional de Cinematografía, cuyo titular era Mario Soficci, quien lo calificó de “interés especial”. Es decir, jurídicamente, se habían cumplido todas las normas de manera que ahora no se la podía prohibir. Todo quedó en un impasse. Los militares comenzaron a mover sus piezas.

 

Masas y champaña

Prensa Confidencial, el órgano no oficial de los servicios de informaciones, publicaba amenazador: “La película habría sido proyectada en privado ante un grupo de oficiales del arma vinculados a las centrales de inteligencia, quienes habrían elevado a sus superiores un informe manifestando que numerosas escenas lesionan el prestigio de la institución”. Por último, proseguía en el estilo típicamente militar burocrático: “Por la vía correspondiente, las jerarquías del arma habrían expuesto la inquietud y existiría la posibilidad de que la exhibición de La Patagonia rebelde sea prohibida definitivamente en todo el territorio nacional, a menos que en ella se operen correcciones de fondo”. Por favor, nótese como el redactor de esas líneas no escatima el uso del tiempo potencial en los verbos.

Pero no todo iba a ser tan fácil. La sociedad no había sido todavía definitivamente derrotada y la reacción de los gremios del cine fue unánime: actores, productores, técnicos y todas las asociaciones afines se movilizaron. Los cronistas cinematográficos que día a día publicaban crónicas acerca de qué pasaba que el Ente no cumplía con los plazos y no calificaba al film, cumplían un papel importantísimo. Hasta que el asunto llegó al Parlamento.

“Nuestras grandes esperanzas serían frustradas –recordó Bayer-. La actitud valiente de un diputado tucumano Cárdenas, llevó a plantear el tema sobre tablas. Habló claro y preciso. Señaló que el pueblo estaba ya maduro para debatir su propia historia y que había que acabar con las mordazas. Pero Cárdenas pertenecía a un pequeño partido federalista provincial. Ahora había que escuchar a los grandes partidos”.

El radical Rosas salió más o menos del paso haciendo una arenga en honor a Yrigoyen y al Ejército Argentino pero acotó que los radicales estaban en contra de la prohibición del film. Busacca (democristiano en la bancada peronista) calificó a los peones huelguistas como “elementos que nada tenían que ver con el movimiento sindical, que se habían injertado y que eran exclusivamente rojos de trapo, que no obedecían a las tendencias sindicales que podrían modificar las tendencias sociales”. Pero también se mostró contrario a la prohibición del film. Entró entonces el desconcierto, las bancadas no sabían qué hacer. La situación la salvó Calabrese (frondicista en la bancada peronista) que sugirió que antes de resolver nada había que ver primero la película. Suena increíble que esta simpleza no se le ocurriera a nadie antes de comenzar a debatir, pero la propuesta fue aprobada por unanimidad y causó el gran alivio de los representantes del pueblo.

Se dio el film para políticos y legisladores en el viejo cine Callao, frente a El Molino. “Olivera, Ayala y yo nos pusimos a la salida cuando terminaba el film. La desazón fue tremenda. Después de verla, diputados y políticos -salvo raras excepciones- pasaron como relámpagos frente a nosotros mirando para otro lado para no comprometerse. Y eso que habíamos puesto mesas con comida y champaña para que se quedaran. Algunos de ellos, muertos años después, fueron enterrados con ampulosos discursos donde se los llamaba “campeones de la democracia”, “maestro”, “sabían mirar el futuro”, etcétera”, dice Bayer.

Todo se definió cuando los gremios hicieron trascender que se iba a hacer un paro general de toda la industria. El ministro peronista de Defensa, Ángel Federico Robledo, declaró que si fuese por él prohibiría la película, pero que no estaba en sus manos hacerlo. Todos miraron entonces a Abras, el secretario de Difusión. El 11 de junio de 1974 se dio el permiso de exhibición. Dos días después, La Patagonia Rebelde se estrenaba en 40 cines. Fernando Ayala asegura que “siempre se dijo que Abras le había pedido autorización a Perón y que éste, que había visto el film en Olivos, había dado el si”.

 

Las prostitutas de San Julián

Finalmente, el estreno. La euforia del público que esperaba desde hacía meses la tan perseguida película. El fusilamiento de los obreros del campo patagónico en 1921-22 en manos del Ejército argentino enviado por el presidente radical Hipólito Yrigoyen (otra democracia). Las peonadas que fueron cazadas como ratas y tiradas en tumbas masivas. “Todo el mundo se calló la boca –dice Bayer–. Todos. Principalmente los radicales. Las únicas que corrieron a escobazos a los soldados fusiladores fueron las mujeres más humilladas, las prostitutas de San Julián”.

Tanto el autor del libro original como el director del film, estuvieron de acuerdo en que la cinta –recuerdo de una enorme injusticia pero también del coraje y la valentía de muchos– no podía concluir sin mostrar lo que esas mujeres habían hecho: fueron los únicos seres en toda la Argentina que llamaron asesinos a los militares fusiladores de los gauchos patagónicos.  El gesto llegó de parte de Consuelo García (29 años, argentina, soltera, profesión: pupila del prostíbulo “La Catalana”), Ángela Fortunato (31 años, argentina, casada, pupila del prostíbulo), Amalia Rodríguez (26 años, argentina, soltera, pupila del prostíbulo), María Juliache (española, soltera, siete años de residencia en el país, pupila del prostíbulo) y Maud Foster (inglesa, soltera, 31 años de edad, con diez años de residencia en el país, de buena familia, pupila del prostíbulo). “Les gritaron lo que eran: asesinos. Y los corrieron. Ese era el épico final del film, pero no pudo ser. El Ejército amenazó. Y cambiamos el final para que el film pudiera darse. Los militares argentinos dijeron que esas putas habían insultado al ‘uniforme de la patria’”, recuerda Bayer.

El film pudo estrenarse por permiso de Perón. Y, muerto Perón, desapareció de las pantallas del país por la actitud del entonces zar de la censura, Miguel Paulino Tato, funcionario del gobierno de Isabel Perón y el verdugo de las imágenes que se encontraba al frente del Ente de Calificación. Al mismo tiempo, el director, el productor, el autor del libro y los artistas del film aparecieron en las listas de la Triple A, condenados a muerte. “Los nacionales y populares decían que el heredero de Perón iba a ser el pueblo. Y no, el único heredero fue López Rega, el siniestro asesino”, recuerda Bayer, quien no tuvo otra opción que hacer sus valijas y marcharse a Alemania.

En las pocas semanas en que pudo ser exhibida, La Patagonia rebelde fue vista por cientos de miles de espectadores. Además, presentada en el Festival Internacional de Cine de Berlín (Alemania), obtuvo el premio del Oso de Plata. Es un clásico del cine argentino, pero es más que nada un documento histórico importantísimo, debido a que muestra la parte de la historia que no se quiere dar a conocer y que suele ser mucho más importante que la que se enseña en la escuela.

 

APENDICE: “For he is a jolly good fellow …”

Una cosa que resalta en la película es que los represores aparecen con nombres ficticios en tanto que el nombre de las víctimas es real. Y tuvo que hacerse así no por oportunismo, sino por las leyes vigentes en Argentina ya que los familiares de los miembros del Ejército que aparecían en el film podían llevar a juicio tanto al director de la cinta como a los productores o autores del libro o guión.

“Los hijos del coronel Varela vivían casi todos y podían exigir que se cambiara el nombre, que no se lo nombrara, porque, evidentemente, ellos podían demostrar que el coronel Varela no tenía esa voz –comentó Osvaldo Bayer para una entrevista realizada en Chile hace algunos años–. Eso hubiera parado la película. De cualquier manera, tuvimos que cambiar el nombre por Zabala, aunque todo el mundo sabía que era Varela y tuvimos que cambiar el nombre del regimiento que fue allá -que era la Escuela de Caballería-. Y Ie pusimos el número 24, de un regimiento que no existe, porque ahí hubiera podido el Ejército iniciar un juicio”.

No obstante, guionistas y director cuidaron escena por escena porque sabían que los auditores del Ejército estaban esperando que ellos pusieran la más mínima falsedad para parar la filmación. Todo estaba demostrado con testimonios, con documentos, con crónicas periodísticas. Los militares nunca pudieron demostrar judicialmente que en La Patagonia Rebelde existiera una sola escena falsa. Hasta la famosa escena final, donde los estancieros le cantan en inglés a Varela/Zabala “Porque es un buen camarada”, esta sacada de las crónicas de los diarios de los homenajes que los estancieros ingleses Ie hicieron a Varela. “Más todavía –agrega Bayer–, yo creo que fuimos muy benévolos con Varela. En el final ponemos que él se da cuenta allí para quién hizo la represión. Ahora yo no sé si Varela puso esa cara, o si no sonrío contento que los ingleses le cantaron porque eres un buen camarada”.

 

En aquella entrevista en Chile, Bayer comentaba que si uno va al panteón militar de la Chacarita, en la tumba de Varela puede ver una sola placa. La placa dice. “Al teniente coronel Varela, que supo cumplir con su deber. La comunidad británica de Santa Cruz”. Esa es la única placa que tiene. “Creo que lo dice todo como juicio histórico: a quien sirvió Varela. Los únicos que les reconocieron sus servicios fueron los británicos en Santa Cruz. No hay una sola placa de sus camaradas o del Ejército argentino, pero de los ingleses sí”, dijo el escritor.

 

 

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Redacción RN

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